Solemos decir que es una pena que a lo largo de la vida vayamos perdiendo la inocencia que tenemos de niños, hoy viendo a ese niño a los pies del altar me hizo preguntarme: ¿por qué no nos contagiamos?

Contagiarnos de bondad, de inocencia, de sana curiosidad, de alegría, de no tener preocupaciones o al menos si las hay de aprender a relativizar y quedarnos con lo importante, lo cierto, lo bueno.