Hoy hemos ido a celebrar la Eucaristía en el poblado de Kapesará, casi una hora de trayecto por las pistas entre las plantaciones de algodón, arroz o sabana pura. El coro ya ensayaba los cantos cuando llegamos y en seguida se hizo el silencio…un gesto de atención y empeño en lo que iban a compartir…el Pan de Vida que reciben como alimento con devoción y respeto absolutos.

La Palabra es escuchada y compartida, Antonio abre el diálogo en la homilía para que algunos más atrevidos compartan lo que significa para ellos los pasajes de la Escritura que se han proclamado para terminar cerrando a modo de resumen y explicando algún detalle más. Desde los más pequeños hasta los ancianos se esmeran en participar en las peticiones, los cantos…no es buscar protagonismos, es compartir la fe y hacer comunidad para afrontar juntos la vida con sus quehaceres cotidianos ya que al terminar la celebración: toca ir a por el agua al pozo, cuidar el ganado, salir al campo, volver al colegio…

Al terminar la misa, en la entrada comienza el revuelo al ver que traemos unos caramelos y globos para los más pequeños…no faltan los mayores tampoco y entre risas y triquiñuelas por hacerse con un buen puñado pasamos un buen rato y aunque el idioma ayudaría…la sonrisa y las muecas valen para todo.